Nina y Elías conversan mientras las otras duermen. Al amanecer y antes de irse, Dinora insiste en que Nina tenga sexo con Elías: tienen que quedar parejas. Version para imprimir En el hotel de playa eran las 2 am. Todo oscuro. Dinora y Arteaga dormitaban en la misma cama. Nina estaba sentada en la otra cama, completamente vestida, tratando de juntar valor para ir a hablar con Elías, que se veía como un fantasma pálido, meditando en el balcón. —Duérmete, putita —le dijo Dinora, que jaló una cobija para taparse la cara. —Me estresa sentirte allí sentada. Ese diálogo sacó por fin a Nina de su trance. Salió al balcón y cerró la puerta. Se frotó las manos. Sacó un encendedor de una de las bolsas de sus bermudas y prendió un cigarro. —¿Fumas? —le preguntó a Elías. —Normalmente no. —¿Quieres compartir el mío? Elías asintió con la cabeza, sonriendo tristemente. —¿Por qué no nos echas del cuarto? —le preguntó Nina mientras le pasaba el cigarro. —¿O por qué no te vas, o le hablas a tu hermano? Creo que no estás bien aquí. Elías lo pensó un momento e hizo un gesto de incomprensión con los hombros, mientras le daba una calada. —Sabes que lo que dice Dinora sobre “ser hombre” no tiene sentido, ¿verdad? —le preguntó Nina. Sonaba molesta, pero en realidad sentía pena por él. —Tú también lo dijiste —le recordó Elías. —Estábamos en medio de… bueno, se supone que yo tengo que decir esas cosas… Además, cuando lo dije no esperaba que pasara esto. Finalmente, Nina eligió mejor callarse. Le dio la espalda a Elías y no lo volteó a ver hasta que tuvo claro qué quería decirle. —Al menos pudiste ver el mar.


